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Un viaje sin retorno

Un viaje sin retorno

Crónicas perdidas

“Una crónica es un cuento que es verdad”
Gabriel García Márquez 

Por: Edinson Martínez
@emartz1

Nada es más parecido a un caballo que una moto, briosa cuando el piloto apenas conoce su talante, desbocada cuando el torrente de hormonas del conductor la hace volar sobre el pavimento, jubilosa cuando la destreza del jinete sobre el volante –las riendas– arranca las cabriolas festivas que exhibe a eufóricos expectantes. Aquella tarde frente al último semáforo de la avenida, aquel que marca el límite entre las parroquias Alonso de Ojeda y Venezuela, se posó en segundos a mi derecha aquel animal metálico rojo escarlata con su jinete al mando; sin advertirlo, como procedente desde alguna puerta invisible que ocasionalmente conecta el destino con el presente, apareció resonando sus escapes a golpes estridentes de monóxido, durante unos breves segundos en giro de autómata poseído, el hombre sobre la motocicleta proyecta su mirada   en derredor,  me mira sin verme, apenas tiene atención para el cambio de luces del semáforo.  Es Alberto, me dije, mientras recordaba algunas escenas del colegio donde estudiamos los primeros años de la primaria. La memoria suele ser caprichosa –ya lo he dicho nates-, a veces como una película nos conecta con el pasado remoto en instantes, sin embargo, en  otros momentos no podemos recordar el nombre de alguien que nos ha sido presentado horas antes. Recuerdo que eran dos hermanos, apellidados con el nombre de la capital de España, detalle  inolvidable para cualquier muchacho aprendiz en aquellos días de las capitales del mundo. Eran dos estudiantes como tantos otros si no fuera por el hecho de que uno de ellos tenía dificultad para hablar fluido, se le “pegaban los platinos”, así se decía entonces de todo aquel que presentaba algún grado de tartamudez, limitación, por cierto,  superada con creces por su habilidad excepcional para jugar metras.  Alberto, en su lugar, era ágil y maromero, particularmente dotado para los deportes. Después del tercer grado les perdí la pista, supe de Alberto porque eventualmente, ya en edad adulta, participaba en competencias de ciclismo, deporte que por mucho tiempo tuvo en nuestra ciudad gran cantidad de seguidores, era frecuenta los fines de semana observar las vías cerradas al tráfico común porque los ciclistas tomaban su lugar para hacer alguno que otro torneo. A varios de ellos fui como ocasional espectador para entretener el ocio dominguero.   

Cuando enciende la esperada luz verde, el motociclista acelera con fuerza toda la cilindrada del bípedo portento, los cauchos chillan en el asfalto y levantan como niebla diabólica el humo azul resultante de la fricción desmesurada. Las bicicletas son parientes cercanos de las motos, especie de primos hermanos de un mismo tronco genealógico, es la combustión la que los separa. De modo que no es de extrañar que alguien con afición por el ciclismo, también termine siendo un apasionado por las motocicletas. Tal vez ese haya sido el caso de Alberto Madrid. En el colegio donde estudiamos, una única maestra velaba por nuestro aprendizaje, y también,  por nuestras travesuras que eran muchas, inocentadas bobas –valga la acotación generacional–- al tenor de las que medio siglo o más son frecuentes en nuestros centros educativos. No había pupitres, sólo bancas de madera, pesadas y pulidas. Debajo de grandes matas y en una especie de porche estrecho de una vieja casona color verde desteñido recibíamos clases en grupos. Era una construcción antigua, con mis ojos de infante la veía como un castillo viejo en medio de un pueblo que comenzaba a crecer.  Era el colegio Nuestra Señora del Valle ubicado en el lugar en que años después se establecería un centro clínico con el mismo nombre. Desde ese mismo colegio, cuando me dirigía a casa con el bulto escolar a medio cerrar y la algarabía que suele ser una fiesta cuando los escolares dejan las aulas, escuché de una radio encendida a todo volumen de una de las viviendas vecinas al colegio, la noticia que sacudió al mundo: ¡El presidente John Kennedy había sido asesinado!  

Una vez que inicié la marcha, en la siguiente intersección, decidí regresar, opté por dar la vuelta en “U”  a la altura del antiguo cementerio del municipio, el lugar donde nadie debe hacerlo por prohibiciones expresas de la ley, y también, por el sentido común que debe privar en una vía que es de alto tráfico en ambos sentidos. Sin embargo, nadie presta atención y las consecuencias en muchos casos han sido letales. Esta vez, por fortuna para este relator, no  tuve nada que lamentar, giré con habilidad de infractor furtivo y regresé a la ciudad. Algo del presente que ya era pasado me impulso a último momento a desechar el propósito de continuar hasta mi destino original. Siempre me ha sorprendido la magia que significan los planos temporales en que discurrimos; el pasado, el presente y el futuro. El presente está lleno de pasado y el futuro  un espectro que cabalga indescifrable sobre el presente.

A toda velocidad vi perderse en la distancia de la avenida la moto con el antiguo compañero de aulas, el viento contracorriente aturdía con fuerza su camisa que luchaba con la aceleración de la maquina, desbocado ante mis ojos se alejaba de la vida sin saberlo, nadie es testigo de su muerte, de ese viaje sin retorno que sólo tiene un protagonista, uno mismo.  Al día siguiente, El Regional del Zulia, registraba en su habitual página de sucesos la muerte trágica del conocido corredor amateur de ciclismo del municipio. Allí lo leí en un presente que ya era pasado. 
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